Cómo Abramovich fue obligado a vender el Chelsea

Cerca del bar en una suite para visitantes adinerados en Stamford Bridge se encontraba una personalidad a quien nadie había visto en el estadio en tres años: Roman Abramovich.

Cerca del bar en una suite para visitantes adinerados en Stamford Bridge se encontraba una personalidad a quien nadie había visto en el estadio en tres años: Roman Abramovich.

En noviembre último, el propietario del Chelsea había regresado a Londres, a su club de la Liga Premier de Inglaterra, para ser anfitrión del presidente de Israel.

Había poco ruido, no era visible el cuerpo de escoltas del multimillonario ruso y sólo estaba cerca de él el estrecho colaborador y director del Chelsea, Eugene Tenenbaum.

Tras una breve conversación con los invitados y luego de posar para la foto con el presidente Isaac Herzog frente a la cancha, la reunión se transformó al atardecer en un evento de té para unas 50 personas que incluyó panecillos y emparedados de pepino.

Abramovich fue homenajeado con discursos en los que le ensalzaron desde su labor en el Chelsea hasta hacer campaña contra el antisemitismo.

Parecía el regreso gradual de Abramovich a una posición más mediática con el Chelsea, vinculada con su activismo social.

Quizá buscaría recuperar alguna visa británica después de que retiró su solicitud de renovación en 2018.

Pero todo cambió rápidamente desde el 24 de febrero, cuando Rusia invadió Ucrania.

Tres meses después, Abramovich ha sido reemplazado como propietario del Chelsea por un grupo que encabeza el inversionista estadounidense Todd Boehly, una posibilidad inimaginable el 9 de febrero, cuando el oligarca se encontraba en la cancha en Abu Dhabi, levantando la Copa Mundial de Clubes de la FIFA.

El trofeo sería el 21ro y último en los 19 años que dirigió al equipo, al que transformó con su riqueza, de ser un club glamoroso y que ocasionalmente competía por los trofeos más importantes, a consolidarse como uno de los más triunfadores del fútbol europeo.

Abramovich intentó aferrarse al Chelsea, a pesar de que se intensificaba la ira por la agresión no provocada de Rusia contra su vecino. El multimillonrio contó con el apoyo no sólo de los aficionados leales sino de personalidades del club, como John Terry, que lo elogió como el mejor.

A las horas de que había comenzado la guerra, Abramovich fue acusado en la Cámara de los Comunes de estar vinculado con actos de corrupción y hacer pagos para tener influencia política en Rusia.

Las exigencias aumentaron para que el gobierno británico sancionara a Abramovich, a quien ya había bloqueado en sus intentos para recuperar la visa en los últimos años, según un legislador.

Ante los apuros del momento, Abramovich propuso realizar cambios cosméticos a la propiedad del club el 26 de febrero con el compromiso de ceder la gestión y el cuidado del equipo a los administradores de su fundación caritativa.

Sin embargo, estos no habían firmado el plan y la propuesta vaga no aplacó el descontento hacia el hecho de que un hombre acusado de tener estrechos vínculos con el presidente ruso Vladimir Putin fuera el propietario de un símbolo mediático en el corazón de Londres.

En otro esfuerzo para proteger su reputación ante la guerra de Putin, los encargados de relaciones públicas de Abramovich impulsaron el 28 de febrero que el magnate negociara la paz entre Rusia y Ucrania.

Abramovich no censuró la guerra ni lo ha hecho a la fecha a pesar de que había mencionado la necesidad de que se condenen públicamente las atrocidades, apenas dos días antes de la invasión.

Esos comentarios extraordinarios están en un comunicado en el que se anunció una nueva sociedad de apoyo al museo del Holocausto con sede en Jerusalén.

El trabajo de Yad Vashem para preservar el recuerdo de las víctimas del Holocausto, había dicho Abramovich, es fundamental para garantizar que las futuras generaciones jamás olividen lo que pueden provocar el antisemtisimo, el racismo y el odio si nos quedamos callados.

Sin embargo, Abramovich jamás ha practicado lo que pregona, aun en momentos en que Putin decía que la guerra era para desnazificar a Ucrania, llamaba falsamente nazis a las más altas autoridades de ese país a pesar de que el presidente Volodymyr Zelenskyy es judío, y enviaba a sus fuerzas, que redujeron a escombros regiones enteras mediante ataques aéreos y de artillería.

Yad Vashem suspendió su asociación con Abramovich, igual que el Museo Imperial de Guerra en Londres, donde él financió una muestra sobre del Holocausto y que organizó un evento en su honor después del inicio de la guerra de Rusia contra Ucrania.