Victorias y crisis en el primer año del alcalde de NY

Bill de Blasio, el primer alcalde demócrata de Nueva York en una generación, está cerrando su primer año en el cargo. Ese tiempo ha tenido éxito cumpliendo muchas de las promesas de su campaña liberal, en ocasiones ensombrecidas por asuntos más allá de su control, como el reciente asesinato de dos agentes de policía en medio de una ola de protestas contra la conducta policial.

De Blasio apareció triunfante ante algunas de estas fuerzas externas --en especial la crisis del ébola-- y se ha convertido en una destacada voz progresista en el país, pero el asesinato de los policías ha llevado su joven alcaldía a su mayor crisis hasta ahora.

El doble crimen se produjo semanas después de que un jurado investigador no quiso levantar cargos a un agente por la muerte de Eric Garner, un hombre de raza negra, tras una maniobra de estrangulamiento. Tras el suceso, De Blasio ha intensificado sus cuidadosos esfuerzos por apoyar a la que podría ser la agencia más importante de la ciudad, el Departamento de Policía de Nueva York (NYPD, por sus siglas en inglés), y al mismo tiempo defender los derechos de los manifestantes que comparten sus opiniones liberales.

Al acercarse el fin de 2014, su balance final es difícil de determinar. Dos veces en una semana, agentes que lloraban a sus colegas caídos le volvieron la espalda al alcalde, una dura expresión de desdén y un mal augurio de que las diferencias de De Blasio con la policía podrían complicar sus intentos de mejorar la suerte de los que viven en las orillas de la mayor ciudad del país. Y el lunes fue abucheado por algunos durante una ceremonia de graduación de policías en el Madison Square Garden, un evento que normalmente suele ser de celebración.

"Es extraordinariamente tenso y no es sostenible", dijo David Birdsell, decano de la Escuela de Asuntos Públicos en el Baruch College. "Si la policía domina los titulares y capital político, en lugar de, por ejemplo, su plan de vivienda asequible, seguirá siendo un problema masivo".

Los problemas de De Blasio con la policía vienen de muy atrás.

Bajo la autoridad de los ex alcaldes Rudolph Giuliani y Michael Bloomberg, el NYPD actuó casi sin supervisión durante 20 años, ganando un poder considerable tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Pero De Blasio tiene un perfil diferente, que quiere continuar con el descenso histórico en el crimen pero priorizar una mejora de las relaciones entre la policía y las comunidades de color.

Los sindicatos percibieron su promesa electoral de limitar la práctica de detención y registro --que un juez federal determinó discriminatoria contra las minorías-- no como una crítica a su estrategia, sino a los hombres y mujeres del NYPD. Tras la muerte de Garner, los sindicatos policiales, que están negociando un nuevo convenio, arremetieron contra la estrecha relación del alcalde con el pastor Al Sharpton, un destacado crítico de la policía.

Tras la decisión del gran jurado, de Blasio dijo haber advertido a su hijo, que es mitad negro, sobre tratar con la policía, y permitió a los manifestantes contra el NYPD que marcharan libremente. Y cuando los dos agentes fueron asesinados el 20 de diciembre por un hombre que citó la muerte de Garner como una de sus motivaciones, los sindicatos dijeron que el alcalde tenía "sangre en las manos" por alimentar una atmósfera de ira contra la policía.

De Blasio ha intentado sembrar la calma en ambos bandos.

"Vamos a centrarnos en estas familias y en lo que han perdido", dijo la semana pasada. "Creo que es la forma adecuada de intentar construir hacia una ciudad más unificada y decente".

Hace un año terminó el mandato de Bloomberg, el magnate multimillonario que reformó Nueva York con su gestión centrada en los datos que hizo a la ciudad glamurosa pero con desigualdades económicas. Y llegó De Blasio, que juró el cargo ante su modesta casa de Brooklyn rodeado su familia multirracial.

Su campaña prometió reducir la desigualdad económica de la ciudad y trabajó con el Consejo de la ciudad para aprobar leyes dirigidas a mejorar las vidas de los más desafortunados. Se firmaron leyes para ampliar las bajas pagadas por enfermedad y salario mínimo, y se dieron los primeros pasos para crear el programa municipal de documentos de identidad más grande del país.

Su plan de vivienda asequible pretende crear o conservar 200.000 viviendas en los próximos 10 años. Y cerró acuerdos laborales para más de la mitad de los empleados de la ciudad.

Pero la pieza central de su agenda era un plan para expandir a gran escala la educación en la primera infancia. Pretendía financiarla con un impuesto sobre los ricos de la ciudad, una idea que murió en Albany.

Sin embargo, sus esfuerzos liberaron 300 millones de dólares del presupuesto estatal para lanzar el programa. Docenas de agencias de la ciudad trabajaron en el plan, y 53.000 niños de 4 años comenzaron las nuevas clases en septiembre.

Hubo algunos tropiezos por el camino. Unas pocas nevadas que no se recogieron de forma eficaz, la constante lucha del alcalde por ser puntual le hizo llegar tarde a un momento de silencio por las víctimas de un accidente aéreo y todavía no ha cumplido su promesa de prohibir los carruajes de caballos, lo que indignó a defensores de los animales, famosos y tabloides.

Quizá su mayor logro fuera su firme gestión tras el primer caso de ébola diagnosticado en la ciudad. Su tranquila respuesta, basada en la ciencia, tranquilizó a los neoyorquinos mientras otros líderes políticos se excedían en su estrategia.

"No está ocultando quién es: parece muy dispuesto y capaz de sacar adelante sus iniciativas liberales", señaló Matthew Hale, profesor de ciencias políticas en la Universidad Seton Hall. "Pero tiene que gestionar esta crisis. Si no fuera alcalde, estaría afuera encabezando las manifestaciones. Pero no puede aparecer como si liderase la carga contra la policía".