Fotos AP: moto revoluciona esquila de vicuña

El rugido de los motores de unas 70 motocicletas rompe la quietud y el silencio de una estepa andina asolada por el viento.

Súbitamente, los indígenas a bordo de las motos se lanzan en una frenética cacería para atrapar y esquilar vicuñas salvajes, el más pequeño de los camélidos sudamericanos, y que por siglos ha habitado en las altas montañas de los andes bolivianos.

Hasta hace poco, los nativos armaban gigantes cordones humanos para rodear al animal, pero ahora lo hacen a bordo de motos de fabricación china, las más baratas que se venden en el país, y que son ideales para esta faena en los paisajes planos y sin árboles de la llanura boliviana.

Antes, había que reunir a mucha gente para acorralar al rebaño, pero con la moto se facilitó la tarea, dice Adolfo Becerra, uno de los esquiladores. Cronistas coloniales relatan que hace cinco siglos los incas movilizaban multitudes para cercar a los animales y la esquila era una ceremonia festiva.

"Antes esquilábamos cada año, ahora cada dos porque la fibra es pequeña", dice Gregorio Blanco, líder de los esquiladores. "Las ganancias nos repartimos los miembros de la comunidad y es de una gran ayuda porque en estas alturas (la tierra) no produce nada".

En cuatro jornadas de trabajo pueden esquilar hasta 500 vicuñas. Un kilo de fibra sin procesar puede costar entre 300 y 500 dólares. Estrellas de cine como Daniel Craig y multimillonarios como Donald Trump, suelen lucir trajes con ese hilo, por su finura, rareza y suavidad.

El aprovechamiento de la fibra no ha hecho ricos a los indígenas pero les permite obtener un ingreso anual equivalente a unos 300 dólares a cada familia, que equivale a dos meses del salario mínimo boliviano.

La esquila de vicuña reúne a un centenar de hombres y mujeres durante cuatro días en Ucha Ucha, aldea ubicada a 4.500 metros sobre el nivel del mar en la reserva de vida silvestre de Apolobamba, a 269 kilómetros al noroeste de La Paz.

A diferencia de la llama o la alpaca, la vicuña es un animal silvestre que no ha sido domesticada por los indígenas aymaras. Es asustadiza y puede suicidarse si la encierran por muchas horas, dicen los nativos.

Una ofrenda a la Pachamama (Madre Tierra) para pedir por una buena cosecha, marca el inicio de la maquila que comienza en octubre.

La actividad se realiza en medio de un sol intenso que cae como plomo sobre la puna. Las ráfagas de viento parecen cortar el rostro cuarteado de los indígenas. Los motociclistas arrean el rebaño hasta un inmenso cerco armado con redes y palos en la planicie donde las vicuñas quedarán atrapadas por cinco horas. Después serán liberadas.

Ya en corrales más pequeños, dos hombres tumban al animal y lo sostienen mientras un tercero corta su lana con la mano diestra. Con suerte, acumularán hasta 40 kilos de fibra por día de hasta cuatro centímetros, que es el mayor tamaño que puede alcanzar.

En el corral, una de las vicuñas atrapadas estrella su largo cuello contra la cerca del improvisado cerco.

La vicuña, la llama, alpaca y el guanaco habitan los páramos andinos de Bolivia, Perú, Chile y Argentina.

La esquila también permite a los indígenas censar el hato y aplicarles medicamentos antiparásitos a los animales. Durante al año, los nativos hacen rondas contra cazadores furtivos que, en décadas pasadas, diezmaron a la vicuña. Hoy la caza está prohibida.

Bolivia tiene más de 115.000 vicuñas. El año pasado exportó 373.000 kilos de fibra por un valor de 2,9 millones de dólares, casi tres veces más que en 2009.

Los principales mercados son Alemania e Italia, según el Instituto Boliviano de Comercio Exterior.

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