Fotos AP: Tribu peruana vive en el pasado

Su más reciente guerra fue contra Sendero Luminoso, que los esclavizó y asesinó de las formas más envilecidas; la más remota contra el virreinato español en el siglo XVIII buscando sacudirse de una horrorosa opresión. Los Ashaninkas, la principal nación de la Amazonía peruana, han sobrevivido salpicados de sangre en un mundo adverso desde siempre.

Ocupan territorios en el valle que más cocaína produce en el mundo y coexisten con traficantes de drogas, rebeldes, taladores ilegales y una creciente presencia militar.

Son la tribu indígena más grande de la Amazonia peruana, una región escasamente poblada, pero representan menos del 1% de la población de Perú, de 30 millones de habitantes.

Rara vez viven en paz. Durante el conflicto interno de 1980 al 2000 Sendero Luminoso se apropió de sus territorios e hizo muchas matanzas. Cientos de ellos tienen armas que les suministró el gobierno para defenderse.

En Otari, una de las 350 comunidades de esta etnia en Perú, y cercana al más rico yacimiento gasífero que exporta gas natural licuado a México, los casi 150 habitantes son pobres, 48% de los niños son desnutridos crónicos y aún se cocina con leña.

La yuca --escasa en proteínas-- es la base de su alimentación y agricultura, igual que en muchos países de Africa, Asia y Latinoamérica. A veces, acompañan sus comidas con roedores salvajes (cuniculus paca) que cazan para aprovechar su carne.

Ubicada en una pequeña parte del sur del VRAE --el valle de mayor producción mundial de hoja de coca, insumo base para fabricación de cocaína-- los ashaninkas en su gran mayoría siembran la hoja para su mascado tradicional.

Incluso en zonas selváticas del centro del país, los Ashaninkas han expulsado a quienes intentan sembrar la hoja de coca en sus tierras talando sus bosques. Las noticias de sus actividades, por cierto, apenas llegan a Lima.

Las clases en la única escuela de la comunidad son dictadas en español por una profesora que enseña en una misma aula a alumnos de tres grados diferentes. Nada más difícil para niños que recién aprenden a escribir en un idioma que no hablan.

La vida, pese a los problemas, continúa.

"Los niños ashaninkas aprenden a respetar los bosques, sin ellos simplemente no se podría vivir y eso no lo entienden los occidentales", comenta Kecizate Atahuallpa (correcto), un ashaninka de 53 años que ha vivido por más de una década en Europa y ahora es un difusor cultural de su etnia desde Cusco, la capital regional.

"El respeto por la naturaleza es sorprendente", dice.

El gobierno está reforzando ahora su presencia militar en el valle de los ríos Apurimac y Ene, donde viven los indígenas, para combatir lo que queda de Sendero Luminoso y los traficantes de drogas que ellos protegen. Está construyendo 11 bases militares nuevas en la zona.