Para los exiliados cubanos la muerte de Castro es agridulce

Joaquín Palacio adoraba la granja de tabaco de su abuelo en la exuberante provincia de Pinar del Río, Cuba.De niño aprendió a arar la tierra, cosechar los cultivos y montar su caballo negro, Centella...

Joaquín Palacio adoraba la granja de tabaco de su abuelo en la exuberante provincia de Pinar del Río, Cuba.

De niño aprendió a arar la tierra, cosechar los cultivos y montar su caballo negro, Centella. Antes de Fidel Castro, era un lugar para vacacionar en familia y salir de su casa en La Habana, así como un salón de clases donde aprendió de responsabilidad y trabajo duro.

"Era una buena vida. No había conflictos ni problemas", dijo Palacio el lunes, vestido con una camisa de pescar y sentado en un sofá rodeado de árboles tropicales en el jardín de la casa de su hijo en Miami.

Al igual que decenas de miles de exiliados cubanos, Palacio se alegró con la noticia de la muerte de Castro la noche del viernes. Pero también se encontró abrumado por la nostalgia.

El ingeniero mecánico jubilado recordó el día de 1960 en la granja, cuando su padre le dijo que tendría que partir rumbo a Montreal para unirse a su hermano, quien estudiaba ahí la universidad. Con 15 años de edad, fue uno de muchos jóvenes que fueron enviados fuera del país para evadir el servicio militar obligatorio bajo el gobierno comunista de Castro.

"Recuerdo a mi papá decir: 'Solo quiero que pases un año allá, y te asegures de aprender inglés''', relató Palacio. "Me dijo: 'No te preocupes, no hay forma de que Estados Unidos permita un régimen militar a 90 millas de distancia. Volverás dentro de un año'''.

Nunca volvió a ver la granja.

Han pasado 57 años desde que Castro tomó el poder a inicios de 1959. Los rebeldes descendieron desde las montañas hasta La Habana detrás de un Fulgencio Batista en retirada, el dictador aliado de Estados Unidos que había sobrepasado su bienvenida en una Cuba cada vez más corrupta. Inicialmente, muchos dieron la bienvenida a Castro, pero no pasó mucho tiempo antes de que Castro se declarara marxista-leninista, y ligara el destino de Cuba al de la Unión Soviética.

Su gobierno confiscó propiedades, incluyendo la granja de su abuelo y la fábrica en la que el padre de Palacio hacía ropa para niños. Al menos 582 personas vinculadas a Batista fueron fusiladas, y Castro reconoció la detención de 15.000 presos políticos.

Los cubanos huyeron con la esperanza de recuperar pronto las vidas que habían dejado atrás. No llevaron consigo mucho dinero, si es que llevaban, y muchos no conocían el idioma o las costumbres de Estados Unidos.

La mayoría de ellos nunca volvió.

La fallida invasión de Bahía de Cochinos en 1961 desalentó a muchos que pensaban que Castro podría ser derrocado. La crisis de los misiles cubanos convirtió el aislamiento a la isla en una prioridad de la Guerra Fría, reforzada por el embargo económico encabezado por Estados Unidos, que restringió la mayoría de los viajes.

Muchos de los exiliados prometieron no volver hasta que Fidel y su hermano Raúl Castro, quien lo reemplazó como presidente en 2008, dejaran el poder. Incluso después de que viajar se hiciera más fácil en los últimos años, muchos de ellos se negaron a gastar un solo centavo en la isla, con la creencia de que el dinero iría directo al régimen.

Hoy en día, los otrora elegantes edificios de La Habana están en ruinas. La agricultura no provee de la misma cantidad de alimentos que producía durante la era soviética, y el tendido eléctrico tiene problemas para brindar servicio continuo. Raúl Castro ha asegurado que no se retirará de la presidencia sino hasta 2018, y que incluso entonces, seguirá al frente del Partido Comunista.

Todo eso hace que la muerte de Fidel Castro deje un sabor agridulce en Palacio, ahora de 72 años de edad. Al igual que muchos de los exiliados de su generación, ha tenido que aceptar que nunca volverá a ver la Cuba de antaño. Es posible que la granja le pertenezca a alguien más; los comercios hace mucho que desaparecieron.

"¿A qué voy a regresar? Mi familia está aquí", dijo Palacio. "Mi esposa Alicia me dice, 'Tal vez deberíamos volver y visitar'. Le digo: 'No les voy a dar a esos bastardos mis dólares. No tengo planes de volver nunca. No es lo que solía ser. Me tomó tiempo aceptarlo'''.

Max Álvarez, de 68 años de edad, tiene una nostalgia parecida. Sus padres lo enviaron fuera del país a los 13 años, luego de que Castro cerrara su escuela católica. A bordo de un barco carguero y acompañado de cinco monjas rumbo a West Palm Beach, Florida, se aferró del barandal hasta que perdió de vista el horizonte de La Habana. Llegó a Estados Unidos el 4 de julio de 1961. Día de la Independencia.

Toda una vida después, Álvarez es propietario de una compañía que distribuye gasolina a 500 estaciones en el sur de Florida. Usa un reloj de oro y viste un traje gris en su iluminada oficina, mientras enseña a un reportero un anuario de 1958 de su escuela marista en La Habana, al cual le sacó fotocopias luego de que un amigo trajera consigo el original desde Cuba.

No contiene las lágrimas al recordar aquel día, cuando tenía 9 años y su madre lo llevó a la oficina del director para devolver un lápiz que dijo que se había encontrado en el pasillo del colegio. Fue un momento de aprendizaje: Si encuentras algo que no es tuyo, devuélvelo.

"A menudo hojeo estas páginas, para asegurarme de que mis hijos tengan los mismos valores que estas personas me inculcaron", dijo Álvarez, aferrándose a sus fotocopias. "Valores fundamentales: Lealtad. Honestidad. Respeto. Familia".

El hermano mayor de Álvarez, Lucas, fue enviado a España para evadir el servicio militar y trabajar como maestro. El mismo día que Max salió de Cuba, su madre recibió la noticia de que Lucas había muerto mientras nadaba. Su madre quedó desconsolada y pasó un año sin salir de cama. Eventualmente recibió terapia de electrochoques en Cuba. Pasaron muchos años antes de reunirse en Florida.

"Soy solo uno de cientos de miles de personas que quedaron despedazados y destruidos, personas inocentes que no tenían nada que ver con la política", subrayó Álvarez.

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